24 jul 2012

Diez minutos.
Miró el reloj y decidida apretó la tecla que enviaba el mensaje. Ya estaba cansada de ser la idiota detrás de él. Quizás algunas veces antes hubiera sido capaz de esperar hasta el amanecer una respuesta pero ya no más, solo esperaría diez minutos.
Ocho minutos, se acomodó impaciente en la silla con la esperanza de que algo llegue. Seis, ignoro todo hecho a su alrededor. Cuatro, de repente la esperanza comenzaba a desaparecer. Dos, nada.
Último minuto. Pasó lento, o quizás muy rápido, sabía que este era el final. El reloj dio la hora y se fijó si había algo, de hecho espero hasta que termine aquel minuto pero nada apareció. Había comprendido que con el solo hecho de buscar a alguien no era suficiente. Debía irse, ya.

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